miércoles, 10 de marzo de 2010

Cuestión de tacto.

Mí abuelo era italiano y le decían “el Mocho”. Le gustaba por sobre todas las cosas cocinar para mucha gente. Los domingos el ritual se repetía en su casa y Mocho cocinaba pastas, para su familia, para los amigos, vecinos, conocidos, ex compañero de trabajo, algún tipo que pasó.
El abuelo satisfecho le daba un chorrito de vino a la salsa, el toque final. Estaba vestido con su delantal agujerado.
Con cuidado apoya sobre la mesa su creación humeante y lista para comer. Todos los comensales hablando y el mocho pide atención, aplaude una vez y dice: ¡Bueno a comer!, ¡Y sírvanse que acá no hay ningún manco!
En el silencio total, sólo se escuchó el ruido de algunos cubiertos o vasos chocando, desde la otra punta de la mesa, Panchito miraba fijamente la nada, con odio, el manco Francisco Della Vecchia, odio, hacía el mocho, que ajeno y feliz se sacaba una mancha de tuco del delantal rotoso.


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